Historia
A finales de los años cincuenta, Bescós y sus pueblos vecinos (Larrosa, Acín, Yosa) sufrieron un destino común: el Patrimonio Forestal del Estado adquirió sus tierras para una masiva repoblación de pinos. El objetivo era frenar la erosión y colmatación del futuro embalse de Yesa, pero el precio fue el abandono forzoso de un modo de vida centenario. Hoy, el núcleo sobrevive gracias a la actividad del Centro Experimental de Explotación Ganadera, cuyas instalaciones modernas contrastan con las ruinas de la antigua población que se desmorona en la colina superior.
Patrimonio
Dominando el pueblo desde lo alto, junto al cementerio, se encuentran las ruinas de la Iglesia de
San Miguel. Su arquitectura es un rompecabezas histórico:
Origen Románico (s. XII): Se conserva el ábside semicircular original, que curiosamente fue desplazado de su función principal en reformas posteriores para convertirse en una capilla lateral.
Gótico y Barroco: El templo fue ampliado con una tosca bóveda de nervios gótica y, finalmente, en el siglo XVIII, adquirió su fisonomía rectangular con una fachada austera que luce un óculo con parteluz cruciforme.
Arte Rescatado: Aunque el edificio está en ruinas, el Museo Diocesano de Jaca custodia una sarga (pintura sobre tela) procedente de este templo.
De las cuarenta casas que formaban el casco urbano, hoy solo quedan muros de mampostería que revelan la intimidad de los hogares desaparecidos.
Construcción: Eran viviendas de gran tamaño, con dinteles de madera y tejados de losa que descansaban sobre canecillos de piedra.
Las Chimeneas: Aún resisten algunas chimeneas de forma cuadrada, típicas de esta zona, que contrastan con las troncocónicas más comunes en el resto de la Jacetania.
San Clemente: En la cercana pardina de San Clemente reposan los restos de un monasterio documentado ya en el año 1028, recordatorio de la importancia espiritual que tuvo este valle en la Edad Media.
Festejos
A pesar de la falta de habitantes permanentes en el casco viejo, la identidad de Bescós no se ha perdido. Cada 24 de agosto se recuerda a San Bartolomé y, de forma señalada, el segundo domingo de julio, los antiguos vecinos y sus descendientes se reúnen en la romería a la Virgen de Iguácel, la gran joya románica que preside el final de este valle.